6.3.10

La bandera nacional y su origen rebelde

Por Cristina Ockier
(N° 20)

La historiografía liberal como la seudoprogresista atribuye el patrimonio de los símbolos nacionales a la oligarquía. Mientras una encumbra, la otra desacraliza a nuestros patriotas, pero ambas eluden el verdadero aporte que éstos hicieron a la Patria. Aquí, la historiadora Cristina Ockier habla de nuestra bandera y de su creador Manuel Belgrano. Reestablece la esencial dimensión humana del patriota y repone el verdadero origen de autodeterminación y rebeldía de ese símbolo patrio que el pueblo reivindica en sus luchas.

Cada 20 de junio nos encontramos homenajeando a nuestra Bandera en el día de la muerte de su creador. Símbolo como ningún otro de la argentinidad, su ondulante presencia está estrechamente unida a la idea de nación, de comunidad, de identidad. Nació asociada a la rebeldía y a la voluntad de autodeterminación; puesta por Belgrano al frente del Ejército del Norte y de aquel histórico éxodo que protagonizara el pueblo jujeño, debió esperar no obstante hasta 1816 para ser aceptada como distintivo nacional. Al igual que lo sucedido con los restantes símbolos de la nacionalidad –recuerda Tomás Eloy Martínez– la bandera “ha conocido épocas de gloria y de abuso, de malversación y de invocaciones vanas, a la vez que ha servido a muchos argentinos para seguir creyendo en una patria que no cesa y que persiste en su porfiada voluntad de ser a pesar de las desventuras”. (1)

Preocupado ya en su época por el uso puramente retórico de ciertas palabras como democracia, libertad, bandera, Belgrano escribió: “Las palabras deben sentirse en lo que son, en lo que dicen. Cuando las palabras se vacían de su sentido, se prostituyen”. Fiel a ese pensamiento otorgó a esas palabras un contenido revolucionario del que daría testimonio no sólo con su producción intelectual sino, sobre todo, a través de su propia vida. Entusiasta participante de las milicias urbanas que en 1806 encabezaron la frustrada defensa de Buenos Aires, se negó a prestar acatamiento a los ingleses como lo habían hecho los demás integrantes del Consulado, a quienes criticaría duramente años después. “Me era muy doloroso ver a mi patria bajo otra dominación /…/ entretanto los demás individuos del consulado /…/ se reunieron y no pararon hasta … prestar el juramento de reconocimiento a la dominación británica, sin otra consideración que la de sus intereses”. Ya iniciada la Revolución, y ante las maniobras dilatorias del Cabildo que había designado al derrocado Cisneros como presidente de la Junta de Gobierno y jefe militar, Belgrano se expidió tajante: “Juro que si mañana a las tres de la tarde el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por la ventana de la fortaleza”.

Eran tiempos de decisiones y no había lugar para los conciliadores y los pusilánimes. Su actividad de ahí en más fue múltiple. Aunque abogado y economista no le importó no haber sido preparado en el arte militar si la Revolución requería de sus servicios. La guerra revolucionaria lo contó así como el improvisado general de míticos triunfos y de dolorosas derrotas. Ardoroso defensor de la educación popular propulsó la creación de escuelas primarias gratuitas para todos, convencido de que la educación constituía un instrumento para la libertad de los hombres y un medio poderoso para erradicar los vergonzosos prejuicios raciales heredados de la Colonia. “Hubo un tiempo de desgracia para la humanidad –decía– en que se creía que debía mantenerse al pueblo en la mayor ignorancia, y por consiguiente en la pobreza, para conservarlo en el mayor grado de sujeción”. Enemigo del boato y las lisonjas, consideraba que nada había tan despeciable para el individuo a quien sus conciudadanos le habían confiado el manejo de los negocios públicos, que el dinero y las riquezas y donó un premio de 40.000 pesos que se le otorgó por su actuación en el Ejército del Norte para que con él fuesen construídas cuatro escuelas públicas. En su testamento se preocupó por aconsejar el cuidado de las que llamaba “mis escuelas” sin imaginar entonces que una de ellas, la donada a la nación Boliviana, habría de ser construída recién en 1960.

Preocupado porque las personas, como él mismo decía, echaran raíces en estas tierras, bregó por el desarrollo de la agricultura y de las industrias. “La importación de mercaderías que impiden el consumo de las del país, o que perjudiquen el progreso de sus manufacturas y de su cultivo, lleva tras de sí, necesariamente, la ruina de una nación”, escribía en 1810.

Traído enfermo desde el Norte, él, que había nacido rico murió pobrísimo, rogando u-nos centavos para remedios indispensables y pagó a su médico de cabecera con un reloj de bolsillo. ¿Qué sentido tiene aludir hoy a estos breves episodios de la vida de un hombre que luchó empecinadamente por lo que creía justo? ¿Acaso se trata de inútiles recordatorios de hechos que sucedieron allá lejos y hace tiempo y que nada significan para los argentinos de hoy? Nadie narra la historia por la historia misma, es el presente lo que está en juego y es precisamente desde este presente, por cierto doloroso, que nos preguntamos hoy y aquí: ¿Qué pasó con aquella revolución? ¿Adónde quedaron los postulados democráticos de Belgrano, Artigas, San Martín, Castelli, Moreno y Monteagudo quienes, indignados por la inhumana explotación a que eran sometidos los indígenas plantearon su reconocimiento como ciudadanos jurídica y socialmente iguales a los demás?¿En que terminaron los proyectos agrarios de Belgrano, los repartos de tierras de Artigas, el desarrollo de una industria propia y los gérmenes de una auténtico federalismo? ¿Adónde naufragó aquella vocación de independencia y soberanía que había animado a esos patriotas? ¿Es que acaso pelearon por un imposible?

Sin duda que no. Lejos de ello, la correlación de fuerzas dentro del frente revolucionario haría que la libertad conquistada a tan alto precio resultase finalmente confiscada por la oligarquía nativa, la cual no necesitó más que la emergencia del nuevo monstruo del imperialismo moderno, en el último tercio del siglo XIX, para asociarse vergonzosamente con los intereses foráneos en el saqueo del país. Nuestra Historia posterior, exceptuando algunos períodos, es la historia de esa entrega y de la lucha de los sectores populares, con nuevos protagonistas sociales, para ponerle fin a esa opresión.

A partir de la dictadura de 1976 y los gobiernos que le siguieron, esa entrega alcanzaría niveles inéditos y sus letales consecuencias están a la vista: hambre, desocupación, empobrecimiento creciente de los sectores medios, jóvenes que emigran en masa, un 20 % de niños desnutridos según datos del Ministerio de Salud en un país que produce alimentos para 300 millones de personas, industrias cerradas, extranjerización de los resortes básicos de la economía.

La trágica realidad de una nación al borde de la disolución encuentra hoy a un pueblo que no duda en cobijarse bajo la bandera para afirmar su identidad y sentirse acompañado en sus luchas. Abandonando el espurio destino de comparsa de cuanta política de entrega se abatió sobre nuestro país, la bandera irrumpió con fuerza contundente en las calles encabezando las protestas de los docentes, los jubilados, los gremios y los desocupados. Así la vimos en el Jujeñazo, en la marcha Federal, en Tartagal, y en la Carpa Blanca frente al Congreso. Cada fábrica que cerraba sus puertas y cada reclamo de justicia que estallaba a lo largo y ancho de nuestra geografía la contaron como emblema identificatorio de las pisoteadas aspiraciones populares. Y a-compañó la lucha por Aerolíneas y se hizo presente también, por que no, durante el campeonato mundial de fútbol.

Reapropiarnos de nuestra bandera como símbolo de lucha es también devolverle su dignidad y recobrar con ello el espíritu de rebeldía y la vocación de libertad que le dieron origen. Es afirmar nuestra voluntad de arrebatarla de las manos de quienes, jurándole fidelidad en actos viciados de hipócrita solemnidad, no hacen más que humillarla. Es manifestar con convicción nuestra decisión de no entregarnos y de seguir peleando por la justicia y por una verdadera democracia. Es confirmar nuestra certeza de que, más allá de sus contradicciones, aquellos patriotas de Mayo no lucharon por utopías y que, aunque derrotados, nos legaron no sólo el ejemplo de sus vidas sino también las tareas pendientes de una revolución inconclusa. Es, por último, hacer nuestras aquellas reflexiones de French quien pleno de desazón y esperanzas escribió, mientras marchaba hacia el Alto Perú: “Este mundo es nuestro mundo; este país, nuestro país; esta sociedad, nuestra sociedad; ¿quién tomará la palabra si no la tomamos nosotros? ¿Quién pasará a la acción si no somos nosotros?”

(1) Nota publicada en Revista La Nación, 8 de julio de 2001. Las citas incluídas en el texto han sido tomadas además de la Revista “Todo es Historia”, Nº 395, Junio 2000; la Revista “Polémica”, Nº 3, Eudeba, 1970; y del libro La Revolución es un sueño eterno de Andrés Rivera, Editorial Planeta, 1998.

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