6.3.10

Invasiones Inglesas: una victoria que afirmó la lucha por la independencia

Por Gloria Rodriguez

“Amigos españoles: el gobierno inglés desea vuestra felicidad de todo corazón. Vienen los ingleses no como conquistadores, sino como defensores. ” (Del Southern Star, Montevideo, 1806) 1

En los inicios del siglo XIX Europa es el escenario de una gran lucha entre España, dueña de América Central y la mayor parte de América del Sur, y las dos grandes potencias surgentes: Inglaterra y Francia. Las riquezas que España extraía de estas tierras iban a parar a Francia. Era el precio que pagaba aquella potencia, ya decadente, para evitar la invasión napoleónica. Los ingleses, cuyo objetivo era evitar esos acuerdos y a la vez enriquecerse, saqueaban los buques españoles antes que llegaran a Cádiz. En 1804, apoyada por Francia, España le declaró la guerra a Gran Bretaña. En 1805 las armadas española y francesa son vencidas en la batalla de Trafalgar por Lord Nelson. Gran Bretaña se convierte en la indiscutible dueña de los mares.

La Revolución Industrial, profundizada en el último cuarto del siglo XVIII, había dado un gran impulso al capitalismo inglés, lo cual demandó la búsqueda de nuevos mercados para las manufacturas británicas. Sus enormes fábricas de Liverpool, Manchester y Londres estaban al borde de la quiebra. Gran Bretaña desarrolló una doble política comercial: hacia adentro un fuerte proteccionismo de su industria, y hacia afuera la promoción del libre comercio. Política típica de las potencias hegemónicas, aún hoy en día.

El Río de la Plata, pese a su lejanía, se convirtió en una presa codiciada por esas potencias coloniales, en particular por Inglaterra, que venía de perder sus colonias en Norteamérica en 1776 y que se encontraba sin acceso a Europa por la hegemonía continental de Napoleón.

LA PRIMERA INVASIÓN
La primera invasión, en 1806, no contó aparentemente con la orden directa de Su Majestad, aunque Londres había planeado realizarla en varias oportunidades. Los contingentes enviados a Ciudad del Cabo (África) al mando de sir Home Popham, recibieron información desde varias fuentes, la principal de ellas fue William White, comerciante norteamericano establecido en Buenos Aires, quien les comunicó que en el puerto del Río de la Plata se hallaba depositado el oro de la Compañía de las Filipinas, además del oro y plata en barras del Perú, a la espera de su traslado a España. Describió a la población de Buenos Aires con escasa protección, guardada sólo por cinco compañías de hombres indisciplinados y la “chusma”. Por otro lado, conocían por medio de Francisco Miranda (revolucionario venezolano exilado en Inglaterra) que en particular los criollos y nativos estaban disconformes con el monopolio comercial español, lo cual hacía prever la posibilidad de dividir a los eventuales defensores de la ciudad. La realidad de los hechos posteriores demostraría que estas cuestiones no eran tan simples.

Entusiasmado por la posibilidad de un nuevo trofeo para la Corona, Popham encarga al general Carr Beresford partir de Ciudad del Cabo para apoderarse de la ciudad y del tesoro. La historia es conocida. Poco más de 1.600 soldados británicos se apoderaron de Buenos Aires e instauraron un gobierno de ocupación que duró del 25 de junio al 13 de agosto de 1806. La indignación popular frente a la deserción del virrey Sobremonte y la complacencia de una parte de la clase acomodada porteña no tardó en expresarse. Las órdenes que impartió Sobremonte dejaron al descubierto que la monarquía española en América se había organizado únicamente para extraer y acumular “tesoros”, marginando la política social de gobierno y la defensa militar de sus provincias.

Los ingleses pensaron que la “hospitalidad” que les brindaba ese sector de grandes comerciantes rioplatenses expresaba a la totalidad de la población. Por el contrario, se gestaba bajo sus pies la insurrección del pueblo criollo, español, negro e indígena. Y ello pese a la “progresista” libertad de comercio que el comandante Beresford (a cargo del gobierno de la tropa y de la ciudad) se apresuró a decretar con el eficaz asesoramiento del Administrador de la Aduana, José Martínez de Hoz, que también se apuró a reducir los derechos de importación de los productos ingleses. A la vez, Beresford desarrollaba, en particular con los intelectuales criollos, una seductora labor acerca de las ventajas comerciales que ofrecía Inglaterra en comparación con la atrasada y feudal España.2 Pero jamás acordó con un gobierno independiente de los criollos; por el contrario, su idea –y la de la Corona– era asumir como gobernador de la zona.

Por eso, la apariencia de confraternización que en un comienzo tanto impresionó a los ingleses no duraría mucho. Ya a mediados de julio comienzan a sucederse todo tipo de situaciones que dan muestra de que un complot se está gestando: centinelas que son atacados por jinetes desconocidos; rumores de que los sermones de los sacerdotes instan al pueblo a tomar las armas contra el invasor, etc., hasta que se conoce la existencia de un gran polvorín en el regimiento de Flores que no ha sido entregado a los jefes ingleses. Esta señal de alarma coincide con la información sobre reuniones nocturnas en las que algunos civiles se ejercitan en el manejo de las armas.

Felipe Sentenach, ingeniero, organizó un grupo de criollos y catalanes en la clandestinidad, divididos en células compartimentadas, que se propusieron volar el fuerte y todas las posesiones inglesas.

Otro catalán, Fornaguera, propuso organizar una banda secreta de cuchilleros para pasar a degüello a todos los ingleses. “Prepararon explosivos que debían estallar debajo de la residencia de Beresford y la oficialidad (…) y del Teatro de la Ranchería”.3

Pueyrredón, hacendado ganadero de origen francés, organiza una insurrección popular y adiestra en sus tierras a unos dos mil gauchos que horrorizarían a Beresford por sus habilidades en combate.

Pero es el comandante del puerto de Ensenada, Santiago de Liniers (de origen francés, llegado a fines del siglo XVIII) quien organiza junto a varios corsarios franceses –como Hipólito Bouchard– a 600 veteranos bien armados que se encuentran en Montevideo, cruza el Río y aglutina y lidera la resistencia de Buenos Aires.

Un gran frente común contra el invasor inglés se organiza en esta ciudad de no más de 40.000 habitantes. Y lo vencen.

Las tropas de Liniers y Pueyrredón avanzaron en la ciudad y encerraron a los ingleses en las manzanas del Fuerte, la Catedral y el Cabildo. Allí el pueblo se desbordó. Faltaba el asalto final al fuerte. Hilarión de la Quintana, asistente de Liniers, cuenta en sus memorias respecto de aquel día: “Cuando llegué al Fuerte (…) un oficial inglés me presentó a su general (…) agregué que mi general no aceptaría propuesta alguna que no fuera la entrega de las armas (…) el general inglés simplemente aceptó sin la menor vacilación. Como sus soldados se mostraban temerosos de la vociferante turba que se acercaba al fuerte, lo tranquilicé (…) solicité a los soldados y el gentío que se retirasen a la espera del general Liniers ya que el enemigo se sometía. Pero la multitud no se apaciguó y exigió la espada del general inglés. (…) un oficial inglés que estaba a su lado la tomó y la arrojó hacia la multitud, con la intención de apaciguarla. Pero la muchedumbre insistió en que debía izarse la bandera española en el Fuerte. (…) Los ingleses pasaron entre las tropas españolas que tuvieron dificultades para contener a la multitud”.4

LOS PORTEÑOS APRENDEN

La victoria incentivó en la ciudad la rebelión contra España representada por el virrey Sobremonte, quien luego de la reconquista intentó volver desde Córdoba para retomar su cargo al mando de 3.500 hombres. Liniers, viendo la indignación de Buenos Aires ante su probable regreso, le propone que cruce a Montevideo y la defienda contra la próxima invasión inglesa.

A partir de ese momento se generaliza la empresa de militarizar toda la ciudad. Se organiza un ejército de más de 9.000 hombres capaces de disparar mosquetes, se sitúan cañones en varios puntos, las mujeres organizan hospitales, confeccionan uniformes, mochilas de campaña, etc.

A fines de 1806 Liniers cuenta con cinco batallones de criollos, entre ellos tres de Patricios, uno de Arribeños (del interior del país), uno de Pardos (compuesto por libertos y esclavos prestados al Ejército por sus amos) y cinco batallones de españoles (más reducidos que los de los criollos) que eran gallegos, andaluces, catalanes, cántabros y montañeses. Había también dos grupos de artillería voluntarios y seis escuadrones de caballería. Los oficiales eran elegidos por la tropa y éstos elegían al comandante. Los Patricios eligieron a Cornelio Saavedra.

Es importante agregar que los pueblos pampas se presentaron al Cabildo a exponer que decidieron la paz con los ranqueles con el objeto de combatir junto a Buenos Aires contra los ingleses. Ofrecen guardar la costa sur hasta Patagones y los ranqueles las llanuras de las salinas hasta Mendoza. El Cabildo acepta esta propuesta, pero no el ofrecimiento de guerreros para la defensa de la ciudad.5

La ciudad entera hervía en preparativos y en coraje colectivo, al estar convencidos de la justicia de su causa: impedir una nueva invasión inglesa. Claro está que este gran frente estaba conformado por sectores con intereses diferentes y algunos contrapuestos. Un ejemplo de ello fue que los sectores españoles ligados al comercio con España y el Cabildo,6 la mayoría recelosos de Liniers ( lo consideraban aliado de Napoleón), entorpecían todas sus iniciativas. Pese a todo, se trajeron a mula desde el Perú 2.500 quintales de pólvora y se recaudaron en la ciudad un millón de pesos para pagar el costo de la construcción de baterías y reductos en Retiro, Barracas, La Residencia y Quilmes.7

LA SEGUNDA INVASIÓN
Luego de ocupar Montevideo tras cruenta resistencia,8 en mayo de 1807, el invasor británico, al mando del general Whitelocke decide cruzar el río de La Plata y volver a intentar sojuzgar a Buenos Aires. El 1 de julio Liniers recibió la noticia de que la invasión estaba en marcha. Desembarcaron en Ensenada con relativa facilidad porque Liniers los esperaba en Barracas, junto al Riachuelo, defendiendo el Puente Gálvez. Pero los ingleses decidieron cruzar por otro paso a una legua de distancia de Liniers, con el objetivo de desorientarlo y llegar lo más rápido posible a los Corrales de Miserere (hoy Plaza Once).

Liniers, al comprender que por este astuto ataque la ciudad quedaba expuesta en la retaguardia, llega a los Corrales con parte de sus efectivos y se produce un rápido combate en el cual vencen los ingleses. Liniers salva su vida a último momento y huye hacia Chacarita. Al llegar allí cree que la ciudad ha caído. Pero los ingleses, confiados por su rápida victoria, deciden descansar y esperar en los Corrales al resto del ejército, que se había demorado.

Durante la noche se terminó de organizar la defensa con la dirección de los ingenieros militares Balbiani, García y Cerviño; también de Viamonte y Díaz Vélez. Antes del amanecer, toda la ciudad se había equipado con velas, faroles y antorchas para que los británicos no pudieran lanzar un ataque en la oscuridad. Se emplazaron cañones alrededor de la Plaza Mayor –hoy Plaza de Mayo– y se excavaron 22 zanjas de tres metros de profundidad por seis de ancho. El día 3 a la mañana llegó la noticia de que Liniers estaba ya dentro de la ciudad y el entusiasmo se adueñó de la población.

A partir de allí, 9.000 hombres armados, apoyados por la casi totalidad de la población de mujeres, niños y negros esclavos, aguardaron el primer asalto de once mil de los mejores soldados británicos.

El cuartel de Whitelocke era la casa de su agente de inteligencia White, en Corrales de Miserere que, en aquella época, era un matadero abierto situado a escasos tres kilómetros del Fuerte. Desde allí la plana mayor del ejército inglés dirigió el combate. El general dividió su ejército en 8 columnas que avanzarían por calles diferentes hacia el Río de La Plata.

El plan de Whitelocke era sencillo: atacar la ciudad con la artillería pesada, “casa por casa, y calle por calle, de manera que no quedara ningún lugar de protección para los francotiradores y guerrilleros”. Demolidas las casas, el ataque se centraría sobre el fuerte para volver a izar en él la bandera inglesa. Aquel plan contradecía las instrucciones dadas por Popham al general en el sentido de ganarse la voluntad de la población, sobre todo la criolla que, creía, era el “eslabón débil” del pueblo porteño.

La base del plan era la ocupación del Retiro, al norte, y el asilo de la Residencia, al sur de la ciudad. Estas dos posiciones actuarían como apoyo y protección de las tropas. Las cuatro calles que desembocaban directamente en la Plaza las comandaría Whitelocke en el momento final.

Lograron ocupar el Retiro y la Residencia, y allí comenzó su derrota. La lucha fue calle por calle, azotea por azotea, casa por casa, convento e iglesia. Los porteños lograron dividir e incomunicar a las compañías entre sí.9 Cundió el desconcierto, se minó la disciplina y la moral en parte de la tropa inglesa y la ciudad se les convirtió en un infierno. Nunca pensaron que la población civil, y en especial los criollos, pudieran oponer resistencia organizada a la par del ejército armado por Liniers. Los generales subordinados de Whitelocke debieron decidir en el campo de batalla la rendición de sus compañías. Whitelocke nunca logró desfilar por las calles centrales hacia el Fuerte.

Mientras tanto, ¿qué había pasado con la flota inglesa, la victoriosa en Trafalgar?10 Había quedado anclada en la costa de Quilmes, víctima de los feroces vientos invernales del Río de La Plata en el mes de julio.

Al mediodía del día 5 la batalla había terminado. El ejército invasor había sufrido más de 500 muertos, 700 heridos y casi 2.000 prisioneros. Whitelocke sufrió en carne propia el odio de Buenos Aires cuando terminó el combate. Al dirigirse a la Plaza Mayor con su oficialidad para rendirse ante Liniers, se topó con la muchedumbre que lo esperaba: unos 4.000 civiles y soldados armados que se negaron a reconocer la bandera de tregua y les disparaban sobre sus cabezas. Pero el trago más amargo lo recibiría al volver a Inglaterra: le esperaba un juicio militar. En él se dijo que la derrota en Buenos Aires había sido: “… un desastre, acaso el más grande que haya experimentado este país desde el comienzo de la Guerra Revolucionaria” (de Norteamérica en 1776) y se decide que: “El mencionado general John Whitelocke sea destituido y se lo declare totalmente incapaz e indigno de servir a su Majestad”. El Imperio no perdonaba la humillación.

Nada volvió a ser igual en el Río de la Plata luego de esta victoria contra el invasor. Como dice José Luis Romero: “…se insinuó con caracteres cada vez más netos una noción de nacionalidad asentada en el principio de nacimiento en la tierra y de adhesión a sus formas de vida: eso era el criollismo, eso era la patria”.11 La confianza y la experiencia política, social y militar logradas en 1806 y 1807 empujaron a los próceres de Mayo a actuar y triunfar en la lucha de liberación anticolonial contra “el amo viejo” en 1810.

NOTAS
1 “Southern Star”, diario británico bilingüe editado en Montevideo desde 1806 a 1807.
2 Entre los intelectuales criollos se genera un profundo debate respecto de la posición a tomar frente al gobierno de Beresford. Es entonces que Belgrano resume su posición diciendo “queremos al viejo amo o a ninguno”, oponiéndose al invasor y proponiendo un amplio frente contra él. Era la misma posición de Moreno y otros.
3 F. Pigna, Los mitos de la historia argentina. Editorial Norma, 2004.
4 Derek Foster, El león domado, Edit.Sudamericana, 1998.
5 Arturo Capdevila, Las invasiones inglesas, Edit. Espasa Calpe, 1942.
6 El personaje más conocido de este sector fue Martín de Alzaga, alcalde de la ciudad.
7 Derek Foster, El león domado, Edit.Sudamericana, 1998.
8 El virrey Sobremonte agregó una nueva traición al pueblo uruguayo, al huir cobardemente del campo de batalla en Montevideo. Repetía así la actitud que había tenido en la primera invasión a Buenos Aires.
9 “Las comunicaciones entre el cuartel general y las columnas eran interceptadas por el enemigo. Yo escuchaba las cargas… pero no se recibía información alguna de los brigadieres al mando”. Cnel Bourke, en el juicio a Whitelocke. E. Costa, Invasiones inglesas del Río de La Plata, citado por Derek Foster. Edit. Sudamericana, 1998.
10 Eran cien barcos, cargados de productos británicos, listos para la venta en Buenos Aires.
11 Es notable, respecto de esta conclusión, la diferencia entre José Luis Romero en Las ideas políticas en la Argentina (FCE, 1956) con su hijo Luis Alberto, quien afirmó que la reivindicación nacional de las Islas Malvinas forma parte de nuestro “síndrome nacionalista, entre soberbio y paranoico, que nutre e informa nuestra cultura política”. Diario Clarín. 14/5/2007.

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